¿Por qué los nombres de las asanas?

Lo que un nombre en sánscrito quiere despertar en ti

Primer artículo de la serie del #yoguinariodeananta dedicada a los nombres de las posturas.

Imagina la escena. Estás en la esterilla, la clase avanza, y la profesora dice una palabra larga, llena de sonidos que no reconoces: Adho Mukha Svanasana. Tú haces la forma —manos y pies en el suelo, cadera al cielo— y todo sigue. Pero por un instante te preguntas: ¿por qué esa palabra? ¿No bastaría con decir «la uve invertida»?

Esa pequeña pregunta, que a casi todos nos ha rondado, es en realidad una puerta. Porque en el yoga el nombre no es una etiqueta: es una instrucción disfrazada de poesía. Cuando entendemos que intenta transmitir cada nombre, dejamos de imitar una figura y empezamos a encarnar una cualidad. Y ahí, justamente ahí, la práctica cambia.

Este es el primer artículo de una serie. Aquí veremos el panorama general: qué significa «asana», de dónde vienen los nombres y por qué vale la pena entenderlos. En las siguientes entregas iremos posándonos en familias concretas —empezando por la de los guerreros— para mirar cada historia de cerca.

Primero, ¿qué significa «asana»?

La palabra āsana viene de la raíz sánscrita √ās (आस्), que significa «sentarse», pero también «permanecer», «habitar», «estar presente». En su origen, asana no era una postura gimnástica: era el asiento —el lugar donde el practicante se sentaba a meditar— y, por extensión, la manera de estar en ese asiento.

Eso explica una de las definiciones más bellas y citadas de toda la tradición. En el Yoga-sūtra, Patañjali resume qué es una asana en tres palabras (II.46):

Sthira sukham āsanam. «La postura es firmeza y comodidad.»

Fíjate en lo que no dice. No habla de flexibilidad, ni de dificultad, ni de forma perfecta. Habla de un estado: estable (sthira) y a la vez cómodo, agradable (sukha). En los versos siguientes (II.47–48) añade que ese estado llega «aflojando el esfuerzo» y dirigiendo la mente hacia lo ilimitado.

Esto es clave para todo lo que viene después: si una asana es un estado y no solo un dibujo del cuerpo, entonces su nombre tiene que apuntar a ese estado. El nombre no describe una figura; describe lo que esa figura quiere despertar en quien la habita.

Para reflexionar ¿Cuántas veces, en tu práctica, has perseguido la forma «correcta» de una postura olvidando preguntarte qué cualidad venía a cultivar? ¿Qué cambiaría si entraras en una asana preguntándote no «¿lo estoy haciendo bien?» sino «¿qué me pide encarnar?».

Una lengua que nombra para transmitir

El yoga se transmitió durante siglos de forma oral, de maestro a discípulo, mucho antes de escribirse. En una tradición así, el nombre cumple una función práctica enorme: es memoria. Nombrar bien era la manera de conservar, ordenar y transmitir un saber vivo.

Los textos clásicos juegan con esta idea de un modo casi vertiginoso. El Haṭha Yoga Pradīpikā de Svātmārāma (siglo XV) afirma en su primer capítulo que Shiva enseñó ochenta y cuatro asanas, y promete describir las más importantes (I.33). El Gheraṇḍa Saṃhitā (siglo XVII) va más lejos: dice que hay tantas asanas como seres vivos —8.400.000—, que Shiva distinguió 84 como principales y que solo 32 resultan verdaderamente útiles para los seres humanos (II.1–2).

¿Cifras literales? Más bien símbolos. Lo que nos dicen es que el cuerpo humano puede adoptar tantas formas como formas tiene la vida, y que la tradición fue eligiendo, nombrando y ordenando un puñado de ellas como mapa. Cada nombre es una coordenada en ese mapa enorme. Siglos después, B.K.S. Iyengar describiría unas 200 asanas en su célebre Light on Yoga (1966); hoy se practican cientos. Pero la lógica sigue siendo la misma: nombrar para no perder el hilo.

Y hay una buena noticia para quien se siente intimidado por el sánscrito: los nombres son transparentes. Casi todos se construyen igual —una palabra que describe algo del mundo, más el sufijo -āsana:

  • bhujaṅga (serpiente) + āsanaBhujangasana, la cobra.
  • vṛkṣa (árbol) + āsanaVrksasana, el árbol.
  • dhanu (arco) + āsanaDhanurasana, el arco.

Una vez que reconoces la palabra-raíz, el nombre se abre solo. No estás memorizando sonidos: estás leyendo una pequeña descripción.

¿De dónde sacaron los nombres?

Si los miramos juntos, los nombres de las asanas forman como un retrato del mundo que rodeaba a quienes las crearon. Se inspiraron en cinco grandes fuentes.

1. Los animales. Es la familia más numerosa y la más intuitiva. La cobra (Bhujangasana), el gato (Marjaryasana), el perro (Ado Mukha Svanasana), el águila (Garudasana), el pavo real (Mayurasana), el camello (Ushtrasana)… El yogui observaba al animal y trataba de capturar no solo su forma, sino su cualidad esencial: la alerta serena de la cobra con la cabeza erguida, la ligereza del pavo real que se sostiene en equilibrio, el perro que sabe que debe estirarse después de estar ehcado largo tiempo. 

2. La naturaleza y los elementos. El árbol (Vrksasana), la montaña (Tadasana, Parvatasana), la luna (Ardha Chandrasana, la media luna). Aquí la postura no imita un cuerpo, sino una manera de estar: el arraigo del árbol, la quietud imperturbable de la montaña.

3. Los objetos. El arco (Dhanurasana), el arado (Halasana), el barco (Navasana), el puente (Setu Bandhasana). Formas geométricas y herramientas de la vida cotidiana convertidas en arquitectura del cuerpo.

4. Los sabios y rishis. Muchas posturas llevan el nombre de un sabio: Bharadvajasana, Vasishtasana, Marichyasana, Matsyendrasana. No son descripciones físicas, sino homenajes: la postura honra al sabio que, según la tradición, la reveló o la encarnó.

5. Las deidades y figuras míticas. Y aquí entramos en el terreno más rico: el danzante cósmico Shiva (Natarajasana), el dios mono Hanumán (Hanumanasana), el feroz guerrero Vīrabhadra (Virabhadrasana). Estos nombres no se entienden del todo sin su historia. Detrás de cada uno hay un mito —y el mito es, en el fondo, una enseñanza sobre cómo vivir.

Para reflexionar Elige tres asanas que practiques a menudo. ¿Sabes qué significa su nombre? ¿De cuál de las cinco familias proviene cada una? A veces, la postura que más nos cuesta es precisamente la que tiene más que contarnos.

Entonces, ¿por qué importa entender el nombre?

Llegamos al corazón del asunto. Importa por tres razones que se sostienen unas a otras.

Porque el nombre es una intención (bhāva). Cuando una postura se llama «cobra», no te está pidiendo que dibujes una serpiente: te está invitando a habitar lo que la serpiente representa —la columna que se eleva con cuidado, la mirada despierta, la fuerza que nace desde el suelo. El nombre te da el bhāva, el estado interior, la actitud desde la cual hacer la forma. Sin él, la postura es un molde vacío. Con él, la postura se convierte en una experiencia.

Porque el nombre transmite una enseñanza. En las posturas-homenaje y en las mitológicas, el nombre conecta tu cuerpo con una historia milenaria. Hanumán saltó un océano por amor y devoción: por eso Hanumanasana (el spagat) es, simbólicamente, la postura del salto imposible que la entrega vuelve posible. Saber esto no cambia tus isquiotibiales, pero cambia tu manera de entrar en la postura.

Porque el nombre es respeto. Pronunciar el nombre original es reconocer de dónde viene esto que practicamos. Es la diferencia entre tomar prestada una forma y honrar una tradición. No hace falta ser experto en sánscrito ni pronunciarlo a la perfección; basta con la actitud de quien sabe que cada palabra carga siglos de transmisión.

En resumen: no haces una forma, encarnas una cualidad. Y el nombre es la llave que te dice cuál.

Una invitación para tu próxima práctica

La próxima vez que tu profe nombre una asana, prueba esto: antes de mirar la forma, quédate un segundo con la palabra. Pregúntate qué animal, qué elemento, qué sabio o qué deidad se esconde ahí. Y después entra en la postura como si quisieras encarnar eso. Quizá descubras que tu Vrksasana echa raíces más hondas el día que recuerdas que estás siendo, de verdad, un árbol.

Este fue el mapa general. En la próxima entrega del #yoguinariodeananta nos detendremos en una de las familias más queridas y malentendidas: los guerreros. ¿Por qué hay tres Vīrabhadrasanas? ¿Quién fue Vīrabhadra y qué hace un guerrero feroz en una práctica de paz? La respuesta es una de las historias más sorprendentes de toda la tradición.

Para llevarte a la esterilla Esta semana, escoge una sola asana y aprende su nombre y su significado. Practícala unos días «desde el nombre», encarnando su cualidad. Y luego, si te apetece, escríbeme qué cambió. A veces una sola palabra reordena toda la práctica.


Fuentes y lecturas

Textos clásicos

  • Patañjali, Yoga-sūtra, II.46–48 (definición de āsana: sthira sukham āsanam).
  • Svātmārāma, Haṭha Yoga Pradīpikā, Capítulo I (las 84 asanas de Shiva; verso I.33).
  • Gheraṇḍa Saṃhitā, Capítulo II, versos 1–2 (las 8.400.000 asanas, las 84 principales y las 32 útiles).

Libros sobre el significado y los mitos de las asanas

  • Clémentine Erpicum, El yoga y sus mitos: 45 historias de asanas (trad. Núria Viver). RBA / RBA Integral, 2020. (El libro Kindle que mencionas; reúne 45 asanas con sus historias e ilustraciones.)
  • Pragya Bhatt (texto) y Joel Koechlin (fotografía), Beyond Āsanas: The Myths and Legends behind Yogic Postures. Penguin Random House India, 2019. (30 asanas y los mitos detrás de sus nombres.)

Referencia y contexto

  • B.K.S. Iyengar, Light on Yoga (La luz del yoga), 1966. (Descripción y nomenclatura de unas 200 asanas.)
  • Nicolai Bachman, The Language of Yoga: Complete A-to-Y Guide to Asana Names, Sanskrit Terms, and Chants. Sounds True, 2005. (Para la etimología y pronunciación de los nombres.)

Fuentes en español sobre deidades y tradición hindú

  • Hari Dasa, Los dioses hindúes. Iconografía, historias y símbolos. Edición y prólogo de Naren Herrero. Satsanga Ediciones, 2024. (Enciclopedia de las deidades hindúes, con más de 100 ilustraciones originales; fuente clave para la familia de posturas mitológicas —Shiva, Hanumán, Vīrabhadra— de las próximas entregas.)
  • Naren Herrero, blog Hijo de Vecino (hijodevecino.net). (Divulgación rigurosa y cercana sobre yoga, Vedānta e hinduismo.)
  • Ramiro Calle, obra divulgativa sobre yoga, filosofía y tradición hindú. (Referente del yoga en España y fuente seria en lengua castellana.)

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