¿Qué me ha enseñado el yoga?
Uf… muchísimas cosas.
Pero hay una en especial de la que hoy quiero hablarte.
Primero voy a ponerte en contexto.
La observación en la práctica de asanas
Cuando practicas asanas (posturas) de yoga, si tienes un buen profesor o profesora, durante la clase te invita constantemente a observar los detalles de lo que estás haciendo. Dependiendo del momento o de la postura, las indicaciones suelen ser más o menos así:
Indicaciones frecuentes
Observa el peso que cargas sobre los pies.
Siente si los brazos están activos.
Percibe los dedos de las manos.
Nota las escápulas, el enraizamiento de pies o manos.
Y muchas más, pero en general se trata de ese tipo de observaciones.
Propósitos de estas observaciones
Estas indicaciones tienen varios propósitos.
Ayudan a que la mente permanezca en el momento presente, evitando que se disperse.
Favorecen el desarrollo de lo que hoy la neurociencia llama propiocepción e interocepción.
La propiocepción es el sentido que nos permite saber dónde están las partes del cuerpo en el espacio.
La interocepción, en cambio, es la percepción de nuestro estado interno: el hambre, la sed, el dolor, las emociones.
Gracias a esta observación también aprendemos a conocernos y autorregularnos, diferenciando, por ejemplo, entre un dolor real y la sensación de un músculo que simplemente está trabajando.
La mente descansa
Además, la mente descansa. Deja de divagar de un pensamiento a otro y se centra en lo que estamos haciendo. Créeme: es un alivio maravilloso que se siente claramente al salir de clase.
El cuerpo muestra cómo estamos
Y algo más importante aún: el cuerpo nos muestra cómo estamos hoy. Tal vez cansados, tal vez con pocas horas de sueño. Al reconocerlo, el yoga nos invita a aceptarlo y a trabajar desde ahí, con respiración y una alineación adecuada. A veces incluso ocurre algo hermoso: hacemos más de lo que creíamos posible, a pesar de lo que la mente decía que no podía.
Llevar la observación a la vida cotidiana
Pero no es solo de la práctica física de lo que quería escribirte.
Con el tiempo, al practicar esta forma de observar, me di cuenta de que también lo podía aplicar en mi vida cotidiana. Mientras cocinaba, hacía la compra o realizaba tareas simples, empezaba a notar mi postura, mis tensiones, mi manera de moverme.
Un antes y un después en mi práctica
Y profundizando aún más, recordé algo que marcó un antes y un después en mi práctica.
Cuando comencé a practicar yoga tenía muchos dolores de espalda y la tensión baja hacía que me mareara con frecuencia en clase.
La enseñanza de Sharmila (Hyderabad)
Mi profesora Sharmila, en Hyderabad, me enseñó algo que nunca olvidé. Me invitaba a no reaccionar de inmediato. A observar lo que estaba sucediendo y a respirar.
“Regálame una respiración más”
En ocasiones, yo sentía que iba a perder el conocimiento, que tenía que parar y sentarme enseguida. Pero ella insistía con suavidad:
“Antes de abandonar la postura, regálame una respiración más. Y luego sal con gracia, con consciencia, poco a poco”.
Un cambio profundo y progresivo
No sé si me crees, pero esa simple indicación me cambió profundamente.
No fue mágico ni inmediato. Fue un proceso orgánico y progresivo. Poco a poco dejé de creerle a la mente cuando decía que era débil, que no podía, que eso no era para mí. Respiración tras respiración, mi cuerpo se fue fortaleciendo… y mi mente también.
Responder en vez de reaccionar
Detrás de esa enseñanza aparentemente simple descubrí algo muy profundo, y decidí aplicarlo no solo en la esterilla, sino en la vida.
Por supuesto, no soy perfecta. Soy humana y me equivoco. Pero intento observar, crear espacio, no reaccionar de forma automática, sino responder con mayor consciencia.
La claridad de “ver las cosas tal cual son”
Esta reflexión se confirmó cuando escuché a mi maestro hablar sobre la importancia de no reaccionar, ante todo, sino de responder.
Comprendí entonces que responder implica tomar distancia, crear espacio interior y mirar las cosas con mayor claridad. O como suele decir mi maestro Gustavo: ver las cosas tal cual son, no como mi mente —condicionada por historias, recuerdos, emociones y juicios— cree que son.
Adaptación, gratitud y una mirada más amplia
El yoga también me enseñó que, si me duele una rodilla, tengo el resto del cuerpo para adaptarme. Que siempre puedo preguntarme:
¿Qué más puedo hacer aquí con lo que tengo?
¿Qué puedo aprender de esto?
Y esa misma mirada comenzó a trasladarse a la vida. A dejar de verla desde un único punto de vista y abrirme a una visión más amplia.
Al crear espacio, observar y respirar, apareció algo inevitable: la gratitud. Gratitud por lo que sí podía, en lugar de frustración por lo que no.
Empecé a saborear la vida con más atención, a mirar desde el cuerpo hacia todo: hacia las situaciones, hacia los demás, hacia mí misma.
Comprendí que las personas se equivocan, sí, pero también tienen aspectos hermosos que puedo reconocer y amar. Y así como no me quedaba atrapada en el dolor de una rodilla, tampoco era necesario quedarme una y otra vez en el recuerdo del daño o la ofensa.
Puedo intentar ver más allá: las circunstancias, la historia del otro, y dejar —al menos eso intento— una ventana abierta en mi mente para responder cuando sea posible.
¿Qué más puedo ver aquí?
Namasté
Gauri
Instructora de yoga y fundadora de
ananta espacio de yoga


